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Un hombre bueno

Maravillosa película, Cinema Paradiso, ¿verdad? Este post, en realidad, no habla de ella. Su trama, sin embargo, está instalada en mi mente desde ayer, cuando me llegó desde Italia un mensaje que me informaba del fallecimiento de Gino Venturini.

Que nadie intente preguntarse si escuchó antes ese nombre, o si se trata de una de esas figuras poco conocidas que tantas veces menciono en mis cursos. Nada de eso. Sin embargo, su legado lleva merodeando por mis clases desde siempre.

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En mi biografía personal, si alguien puede ocupar el rol de Alfredo, del hombre mayor de aquella película, ése es sin duda Gino Venturini. Cuando lo conocí, a él y a su inseparable esposa Roberta, yo no era tan niño como lo es Salvatore en el film, ni las circunstancias socioeconómicas eran las de la Sicilia de posguerra de Cinema Paradiso. No obstante, a partir de allí, sólo encuentro similitudes.

Gino Venturini no era músico, pero amaba la música como nadie. Y era la persona más generosa de este mundo. Su vida había sido dura; siguió trabajando hasta los 80 años, atravesando momentos muy difíciles, y todo a su alrededor era humilde y sincero, luchado día a día.

Quién era lo fui descubriendo poco a poco. Un colega de mi padre le habló de él y de su amor por la música, y nos lo presentó. Yo había empezado mis estudios musicales hacía tiempo, pero todo estaba todavía por hacer. A partir de entonces, él estuvo allí. Siempre. Fue quien organizó mis dos primeros recitales, en Vimercate, el pueblo en el cual vivíamos; hizo posible que diera mis primeras clases de piano; armó el primer microfestival en el cual mi nombre aparecía al lado de nombres más famosos que el mío y, cuando llegó el momento, Gino y su inseparable Roberta viajaron 700 kilómetros para escucharme tocar por primera vez con orquesta.

Recuerdo su voz potente, su fuerte acento norteño, las locuciones en dialecto y una carcajada generosa. Tenía un físico fuerte, en esos años; siempre tenía algún dulce que ofrecerte y él mismo era un excelente cocinero (ay, esa cassoeûla…). Pero sobre todo, en mi memoria y en mi presente, está todo aquello que se fraguó durante las visitas semanales a su casa. Porque en su casa estaba su descomunal colección de discos.

cinema paradiso lead

No sé cuántos eran. Decenas de miles, supongo. Paredes y armarios llenos de vinilos en los que siempre estaba la pieza que buscabas, la obra que estabas estudiando, la que habías oído mencionar, y no en una, sino en infinidad de versiones. Seguro los años han amplificado la magnitud de aquella colección, pero en mi imaginación infantil –la imaginación de un muchacho que disfrutaba ya, como ahora, del comparar versiones, del analizar los mil matices que podían diferenciar una interpretación de otra– aquello era lo más parecido al paraíso que te podías imaginar.

Algunos de esos discos, semanalmente, se venían conmigo a casa, para que los pudiera escuchar con atención y devolverlos a la semana siguiente. En una época sin Youtube, sin iTunes, sin Spotify, aquello era un privilegio sin fin. Yo jamás habría podido comprar todo eso. Él probablemente tampoco, si pienso en cuán desprovista de todo lujo era la vida de Gino y Roberta. Pero el caso es que la pasión hace hacer esas cosas, y allí estaba esa colección.

Allí descubrí cómo sonaban las interpretaciones de los nombres legendarios que iba leyendo en los libros, y aparecieron otros que nunca había oído nombrar, siempre acompañados de los propios comentarios del Señor Venturini. Lo recuerdo hablando de las interpretaciones que más le gustaban, sin ningún tecnicismo pero con opiniones siempre argumentadas: un gusto forjado escuchando música clásica durante horas y horas, a lo largo de toda una vida.

cinema paradiso toto ending

No hay curso, artículo o masterclass en las que no cite alguna obra o alguna versión que descubrí en aquellas veladas. Y comparto hoy esos recuerdos no como simple ejercicio autobiográfico, sino porque su caso nos recuerda cuán importantes son esas personas anónimas que tanto hacen para que otros tengan oportunidades. Personas anónimas para la mayoría, pero que tienen un día de 24 horas como todos, una familia y un trabajo que atender, y que sin embargo deciden dedicar tiempo y recursos que bien podrían dedicar otras cosas, para hacer más bello nuestro mundo y la vida de las personas que les rodean.

Gino Venturini estuvo presente –muy presente– en esos años decisivos para la vida de cada uno de nosotros, cuando el que hasta entonces ha sido un entretenimiento infantil puede convertirse en una pasión capaz de orientar toda una vida. Y el destino ha querido que esté escribiendo estas notas en el avión de camino a Nueva York, a punto de tocar en aquella mítica Carnegie Hall que es uno de los tantos nombres que mis ojos leyeron por primera vez allí, en su casa, impresos en discos que parecían mágicos.

“Horowitz at Carnegie Hall”: ¡cómo sonaba eso!... Sin esos momentos, ¿quién sabe si ahora mismo estaría hoy volando hacia allá?... También por eso no puedo decir otra cosa que GRACIAS. Gracias por todo, Sr. Venturini. Y gracias, Roberta, a quien envío el más intenso y afectuoso de los abrazos. He sido muy, muy afortunado en encontraros en mi camino. Ojalá todos los jóvenes artistas puedan tener a su lado a personas como vosotros.

Luca Chiantore, New York, 29 de noviembre de 2015

Ricardo Descalzo compartiendo belleza

No sé cuántos de los lectores de este blog sigan con regularidad las publicaciones de la Contemporary Piano Video Library. Supongo que varios de ellos, sí. Otros, probablemente, no. Mejor dicho: todavía no. Porque cuando empiezas, ya no puedes parar. A quienes no sepan de qué hablo, les advierto de antemano: es adictivo. Yo, de hecho, no puedo dejarlo.

DescalzoEl responsable último de todo el proyecto es Ricardo Descalzo (www.ricardodescalzo.com), pianista formidable e incansable pedagogo volcado en el repertorio contemporáneo. Desde abril de 2014, en colaboración con LineDesignStusdios y la Diputación de Alicante pero sobre todo gracias a un colosal esfuerzo personal, publica con admirable continuidad grabaciones audiovisuales de obras contemporáneas para piano, por lo general poco conocidas. Páginas que son otros tantos regalos. En cada nueva página, un nuevo video acompañado de una breve pero indispensable presentación y el enlace a la editorial que ha publicado la partitura.

Raras veces tenemos la ocasión de contactar con un proyecto tan rico de estímulos y tan fascinante en tantos aspectos. Pero aún más excepcional es presenciar semejante fusión de humildad, amor por la música y estratosférica calidad. Una calidad que empieza por el acabado: los videos son impecables; los espacios, la iluminación, las tomas impresionan por su variedad y a la vez por su economía, como si nadie quisiera brillar por encima de la música, aunque quienes hemos estado en esa situación sabemos cuánto oficio hay detrás de este logro. La misma admiración suscita en mí la elección del repertorio, perfecto reflejo de lo que a todos nos queda por hacer y por aprender. Obras que jamás habría llegado a conocer conviven con otras que esperaban desde hace tiempo una grabación en condiciones, como es el caso del magnífico Estudio nº 2 de José María Sánchez-Verdú: una página bellísima, merecedora de la máxima difusión: https://contemporarypianovideolibrary.wordpress.com/2015/07/22/jose-maria-sanchez-verdu-estudio-no-2-2007/).

Pero si hay algo que me conquista definitivamente, en esta página, es la frecuencia con la que Ricardo Descalzo, en sus presentaciones, menciona a los alumnos con los que ha trabajado estas obras, en más de un caso citándolos con nombres y apellidos. ¿Cómo no sentir empatía hacia frases como las que cito al final de este post? Allí es donde se ve al verdadero maestro, al músico que entiende la docencia como vivencia compartida y parte de un itinerario musical que es, a la vez, un itinerario humano. Un itinerario que nos implica como músicos y como personas de nuestro tiempo. Algo especialmente valioso cuando, como en este caso, atraviesa caminos de nueva creación.

Luca Chiantore
noviembre 2015.


“(…) es curioso como mis alumnos a lo largo de estos años han ido moldeando mis gustos y he ido acercándome al minimalismo (entiéndase música repetitiva minimal) hasta encontrarme bien en su presencia. Ahora no solo me encuentro bien, sino que me encanta trabajar obras que se mueven en esta línea. “Impromptu” me parece una pieza fabulosa, arrolladora y su memorización es todo un reto para la cabeza. La trabajé con mi alumna Irune Liberal el año pasado y disfrutamos mucho descifrando todos los entresijos de la obra.” (acerca de Impromptu, 2010, de Mario Carro)

“La obra se ha convertido en los años en una de mis colecciones de piezas breves favorita y la trabajo con mis alumnos muy frecuentemente. Como en los mejores amores, la primera vez es inolvidable: recuerdo con muchísimo cariño el trabajo minucioso que hicimos Juan Marcos Cano y yo de la obra. Perdurarán muchas reflexiones e imágenes íntimas compartidas.” (acerca de los Microludis fractals, 2003, de Ramón Humet)

“En febrero de 2014 mis alumnos y yo colaboramos con la clase de composición de Musikene en un encuentro con el compositor Gérard Pesson. Ya conocíamos su música y habíamos trabajado varias de sus piezas, así que fue muy natural organizar un recital donde se interpretaran varias obras del compositor francés en su presencia. Como su música tiende al intimismo, propusimos al público (y al compositor en primera fila) que se acercase a unos dos metros de los intérpretes, lo que convirtió el acto en una experiencia única para nosotros.” (acerca de No-Ja-Li, 2001 de Gerard Pesson)

“Mis alumnos, a quienes dejo escoger siempre su repertorio (ya oigo las risas de algunos que me tienen por un gran “vendedor” de obras), también la consideran una obra esencial, porque es quizá, y a pesar de su gran dificultad, la obra que más veces he trabajado en mis clases de repertorio contemporáneo.” (acerca de Christallyne II, 1996, de Karen Tanaka)

Classic & Relax

Iberia201556 minutos de lluvia en una selva tropical se alternan con Elektra, la Sonata para piano de Frank Bridge, un álbum de música india y la Sexta de Dvorák (sí señor: la Sexta!) junto a mil cosas más, una más sorprendente de la otra. El canal de música clásica de Iberia, este mes, es un universo.

La habitual sobredosis de arias operísticas (que en meses anteriores llegaron a ocupar el 80% de la programación: incluso para un fan de la ópera como yo, eso era demasiado) ha dejado sitio a un panorama sorprendente incluso en lo que a ópera se refiere: está la Traviata, claro, pero también Poliuto, y un álbum de Harmoniemusik sobre Tancredi y la Cenerentola (esa tradición hasta tan tarde!). Puedes hacerte una playlist donde alternar Saariaho con Bach; la Sonata de Bartók para violín solo con unos lieder de Wagner que ni sabía que existían; Das Klagende Lied (gran obra, por cierto) con una hora de polifonía inglesa cantada como si fuera música de John Tavener (si te va eso, claro está, lo que no es mi caso: ¿cómo le puede gustar Tavener a tanta gente? Un misterio...). Puedes escuchar a Jorge Federico Osorio interpretando Castro y Ponce con el gusto refinadísimo que lo caracteriza; el concierto de Barber tocado por Keith Jarrett (muy académicamente, como siempre cuando hace clásico) y una grabación con instrumentos históricos del Primero de Brahms con un fortepiano 1850 (pero sin arpegiar nada y a un tempo digno de Celibidache: ¡eso sí que es "crossover"!).

Ahora bien, todo esto se encuentra alegremente mezclado con los que supongo sean algunos de los álbumes más lobotomizante jamás grabados (no consigo imaginar que se pueda hacer más... ¿o sí?): Mystic voyage de un tal Deuter (¿lo conocéis? Cuidado porque es tóxico, seguro), Meditation de Liquid Mind (no tengo palabras) y Note my dream de Shane Thomas, que es pop instrumental y no acabo de entender bien qué hace aquí, en una categoría se llama "Classic & Relax", habiendo otra que se llama "Pop".

"Classic & Relax"... Evidentemente hay quien piensa que los dos conceptos encajan. Que "relax" queda mejor aquí que en "Pop" o en "Others" (sí, porque está "Others", una categoría que daría para cinco posts diferentes). Y a veces pienso que, tal como la tocamos hoy, la música clásica está haciendo méritos para que así sea. Pero este mes, en Iberia, la impresión general que te llevas es otra: que en nuestro mundo de músicos "clásicos" hay tanta diversidad, tantos lenguajes y tantas propuestas sonoras contrastantes que bien pueden ser porosas las fronteras, puesto que a algunos interese vigilarlas todavía. Y si esto significa tener como vecinos a mundos sonoros tan ajenos a mi gusto como cierta "música para relajación", es tan sencillo como evitarla como evitamos los platos que no son de nuestro agrado.

Es posible, eso sí, que yo concretamente tenga algún tipo de incompatibilidad metabólica con según qué sonidos demasiado cercanos a esa "música para relajación", porque el rechazo es realmente físico. Como si mi cuerpo quisiera defenderse de un peligro. El cuerpo es inteligente, dicen. Justo ahora me está pidiendo una Décima de Mahler. No se la puedo negar, no vaya a ser que me pase algo...

Luca Chiantore
(escrito el 1 de noviembre de 2015 en el vuelo Iberia 6403 Madrid-México DF)

A mi nómada

DiegoDNIchilenoCada paso que daba con aquella cadencia pausada y caótica parecía la crónica de una caída anunciada. En realidad tropezaba más que caminaba.

Hemos llorado de la risa con sus desafíos a la gravedad y otros relatos increíbles. Solo él podía reírse de sí mismo cuando voló unos metros sobre adoquines para acabar besando el suelo a modo de reverencia ante las féminas de los escaparates del Barrio Rojo, o cuando inocente se dejó guiar a ciegas por Valencia y sin remedio se comió un árbol y lució chichón durante más de una semana. Y es que hay que tener arte hasta para caerse.

Desaliñado y desgarbado, normalmente escondido tras la barba y las greñas, hacía retorcer cuellos cuando se abría la puerta, siempre tarde, y aparecía en clase recién afeitado y con el pelo cortado. El chico nuevo, qué guapo.

Y es que lo era, era nuevo, diferente, contestatario e imposible de encorsetar. Había vivido mucho, hablaba varios idiomas, había tenido muchos negocios, pero ahora quería ser músico.

Y lo era, y también era especial. Recuerdo verlo estudiar golpeando con furia las teclas, arrancando gemidos desesperados de las cuerdas, porque su mano no siempre hacía lo que él quería, como si fueran instrumentos inútiles para mostrar su talento. Lo suyo era pura lucha, e incluso tras los gritos, los juramentos en todos los idiomas y las repeticiones hasta el colapso, esa mano, a veces agarrotada por el nervio, sacaba sonidos diferentes, nuevos.

Libros amontonados, pianos desmembrados, paredes curvas, colores tierra, platos trasnochados y diseminados por toda la encimera... Habíamos descubierto la cueva de un nómada, y se la había hecho a medida. Valencia era su nueva casa por un tiempo. ¡Ah! El tiempo… otra lucha vital. Nuestro Diego tampoco sabía de horarios.

Él era exótico, como su acento, y un despistado de sonrisa pícara que tenía mucho tirón con las mujeres. Noble y cariñoso, con fuerte carácter y una sonrisa contagiosa.

A veces las palabras le salían lentas como si las fuese modelando en un nuevo idioma. Nuestras charlas interminables, nuestras cervezas eternas, la música y las ganas de aprender incluso a horas intempestivas. ¡Quién no ha cantado corales a 4 voces a altas horas de la noche o afinado botellas de cerveza para reproducir melodías en grupo!... Entretenimientos inverosímiles que se convertían en momentos divertidos y desternillantes. Sí, quizás éramos unos frikis, pero éramos musikinkis.

Diferentes culturas, diferentes personalidades y diferentes experiencias vitales. Todos convivíamos, nos respetábamos y nos queríamos con locura, y durante un tiempo, aunque ahora parezca lejano, fuimos todos a una. Ahora somos amigos, de esos que rara vez se encuentran. Pero nos alegramos juntos de las cosas buenas de los demás y lloramos juntos, aún a miles de kilómetros para despedir a una parte de nosotros.

Así que Diego, no lo hemos olvidado, brindar por ti brindaremos, con cerveza belga de la buena, de esas que no sabes que estás borracho hasta que intentas levantarte de la silla. Una Duvel o una Kwak por ti y por la vida y lo que hemos vivido juntos. Aunque ahora se nos parta el corazón, siempre estarás con nosotros.

Leticia Folgar Ferreiro 
25 de septiembre de 2015

Diego Ghymers in memoriam

Hay noticias que cuesta demasiado asimilar. Diego Ghymers, nuestro Diego, nos ha dejado. El músico y el amigo al que tantos de nosotros en Musikeon hemos apreciado y querido tan profundamente, ya no está. Con la misma velocidad con la que pasó por la vida, la misma velocidad a la que se movía su prodigiosa inteligencia, se ha marchado la pasada madrugada. Y de una forma tan inexplicable como inexplicable fue siempre, para quienes lo conocíamos, el hecho que alguien con su instinto musical no tuviera el mundo a sus pies.

El silencio de la noche, una carretera de provincia, un camión y un coche cuyas trayectorias jamás debieron encontrarse. La muerte lo sorprendió solo, nada más volver del Camino de Santiago, que había recorrido de una forma tan original como original fue lo que hizo, siempre. Porque Diego no fue sólo un músico formidable. Diego se instalaba en tu vida con todo su ser: con su mirada ante el mundo siempre capaz de ver más allá de lo obvio; con su integridad y su generosidad sin límites; su razonado anarquismo y una dignidad, una inocencia que le hacían incapaz de cualquier acto de mediocridad, de cualquier compromiso con una realidad que demasiadas veces no supo estar a su altura.

Diego Ghymers

Todo era fugaz, en él; los proyectos se sucedían y se superponían; las aventuras vitales se entrecruzaban con las experiencias musicales, a menudo fulgurantes, sin que fuera nunca posibles separar las unas de las otras. Amaba la música, pero aún más amaba la vida, la tierra, la gente. Por ello su verdadero legado está allí: en lo que ha compartido con quienes hemos tenido la suerte de disfrutar de su amistad, aún más que en los fugaces rastros de su musicalidad sin límites, a dúo con Ángela López Lara o con esa asombrosa London Sound Painting Orchestra que él mismo fundó.

La portentosa creatividad de Diego ha acompañado muchos de los momentos clave de mi vida, desde hace veinte años. Mi primer encuentro con él, con ese Rondó capriccioso tan alejado de cualquier tradición, y las clases que siguieron siguen todavía impresas en mi memoria; su Toccata BWV 913 que tanto fascinó a Katia Labèque; su eterna curiosidad hacia cualquier nuevo estímulo que llegaba de las tantas masterclasses en las que participó. Pensamos y construimos juntos la sede de Musikeon en Valencia; fue decisivo para convertir las Vexations de 2007 en la experiencia indescriptible que quedó marcada en la vida de todos aquellos que estuvieron presentes ese día; en torno al 4hands-4feet-piano que creó junto a Ángela López Lara nació la idea del ciclo Nuevas Miradas, y no habría podido imaginarme la gran aventura de 20 años, 20 pianos sin él y sin su “metrónomo humano”, hasta el punto que su oído fue el primero con el que David Ortolà y yo contrastamos el proceso en el que tomaba forma sonora el Tropos Ensemble.

Tal vez por ello hoy, en mí, prima el desconcierto. Antes aún que el dolor, el desconcierto. La sensación de un vacío extraño, que no es sólo el vacío del presente, sino el de un futuro que tendremos que imaginar sin él. No será fácil. Porque si bien es cierto que todas las personas son únicas, en Diego se notaba más, mucho más: te percatabas inmediatamente de que era una persona diferente de cualquier otra. Cualquier conversación con él, cualquier momento de música compartida te dejaba la certeza de que con nadie más habrías podido vivir eso, precisamente eso.

Hasta siempre, Diego. Cuesta demasiado creer que ya no estés aquí.


Luca Chiantore, 22 de septiembre de 2015

Querido Diego

Querido Diego,

Como un ciclón entraste y así te vas. Ghymers nos dejas un extraño vacío. Estaba inmerso en mi tesis con las teorías del complejo expresivo, la fantasía y C.P.E. Bach y ahora todo se ha parado. Bien mirado, si alguien representa de manera absoluta aquello que intento plasmar en mi tesis eres tú. Fuiste el primer reto que Luca me puso delante hace 14 años cuando comenzaba mi colaboración con él. El reto de tener un alumno solo un año menor que yo, con un volcán de ideas sugerentes y caóticas, con un andar desgarbado, con un acento cautivador y con una amistad abierta y sincera. Yo aprendí contigo más de lo que te pude enseñar. Tenía la sensación de dar clase a una especie de Thelonious Monk y Glenn Gould a la vez, con problemas técnicos que aportaban a tu interpretación algo mágico… cómo dar clase a ese torrente de imaginación, intentando ayudarte sin estorbarte.

Sí, yo aprendí más que tú.

615797 184395715029474 617989234 oEmprendedor, aventurero, bohemio. Bélgica, Chile, España, Inglaterra, venías de todo el mundo y hacías de todo. Desde tu restaurante griego Mikonos a la empresa de construcciones que hizo nuestro Musikeon. Y seguro que tantas otras aventuras vitales que ni sabré que has emprendido en tu corta pero intensa vida. Aunque tu espíritu siempre estuvo abrazado eternamente por la música. Yo aquellos aquellos años fui testigo de tu desesperación por ser músico, por dedicarte a la música… – Pablo ¡quiero ser músico! – Me dijiste entonces… y ya lo eras, y yo te miraba, no como al alumno sino como al colega. Solo hacía falta que te lanzaras, y así fue. La última clase fue con una Toccata de Froberger y una pieza a lo Thelonious Monk que habías hecho o tal vez fue una transcripción genial. No sé si fueron dos o tres años de clases… pero serán inolvidables: las que más me hicieron pensar, las que más me inspiraron… las más difíciles. El resto del camino fue tuyo, y siempre inspirador para nosotros. Pero la parte de tu camino que recorrimos juntos siempre quedará conmigo.

Y sí, yo aprendí más que tú.

Pablo Gómez Ábalos in Memoriam Diego Ghymers

Dimitry Masleev y cuatro tendencias del piano actual

Contra todo pronóstico, Dimitry Masleev ha ganado la Medalla de Oro en la edición 2015 del Concurso Chaikovsky. Muchos se preguntan por qué. Yo no, porque nunca hay un porqué en los resultados de los concursos: mi experiencia en jurados de concursos internacionales en tres continentes diferentes me ha hecho tocar con mano la evidencia de que evaluar colectivamente un mismo candidato puede generar resultados al límite de lo aleatorio. Pero sí es cierto que, en su conjunto, los concursos ilustran tendencias. De esto sí vale la pena hablar.

Masleev6b5f22fc958e65a089744c5c1d96a9b8Una tendencia interesantísima, en este y otros concursos recientes, es la facilidad con la que se "perdonan" notas falsas, errores de memoria y otros detalles relacionados con el acabado. Hace treinta años, tocando como ha tocado, Dimitry Masleev no habría pasado la primera prueba de este concurso. No ha habido ni una sola pieza en la que no haya fallado un número considerable de notas; en el segundo tiempo de Les Adieux incluso tuvo un pequeño lapsus de memoria y en Wilde Jadg la falta de precisión y coordinación fue realmente llamativa. Los errores siguieron también en la segunda prueba, incluso en los pasajes más sencillos, y también, aunque en menor medida, en la final. En cambio, lo hemos visto -incrédulo, eso sí- con la medalla de oro al cuello. Lukas Geniusas, por ejemplo, es mucho más preciso que él, pero representa una manera de tocar austera y sólida, muy "años 70"; hoy se prefiere alguien que cuida más el sonido y el acabado de las frases, aunque no sea tan preciso. 

Otra evidencia es la importancia de pensar el concurso en perspectiva. Masleev empezó peor de cómo ha acabado. Esto es especialmente importante en un concurso como éste, donde los resultados de las diferentes pruebas no hacen media, pero no es sólo una cuestión numérica. Masleev empezó con una prueba modesta y acabó con un 3º de Prokofiev que a ratos fue muy brillante. Como ya recordé en anteriores posts, un concurso es una competición: si vas perdiendo 0-2 a mitad del partido y consigues ganar 3-2 (y si es con dos goles en tiempo de descuento, mejor) al final la copa te la llevas tú. Y esto es un poco lo que ha pasado aquí. Estoy seguro de que Masleev no fue quien tuvo la mejor puntuación ni en la primera ni en la segunda prueba. Sin embargo, ganó.

Un tercer aspecto a considerar muy atentamente es la composición de las cadencias. Masleev no ha ganado sólo el primer premio, sino también el premio a la mejor interpretación del concierto de Mozart. Y en su interpretación del Concierto K. 466, lo que más llamaba la atención eran las cadencias y las fermatas (suyas, supongo). No ha sido el único a optar por este camino, por otra parte. Yo, de hecho, prefería las que hizo Debargue en el tercer movimiento del K. 491, y Turpanov incluso ornamentó generosamente muchos pasajes (llevándose una mención especial, a pesar de no acceder a la final, y estoy seguro de que fue básicamente por esto, porque los problemas de memoria que tuvo habrían invitado justo a lo contrario). Como en los casos anteriores, Masleev ilustra una tendencia, y el premio se limita a consagrar este creciente interés por aprovechar los espacios dejados por la tradición a la interacción entre composición e interpretación.

Un ulterior detalle importante es que Masleev "jugaba en casa"; desde el principio los aplausos fueron cálidos, claramente de su parte, y en la final el público estaba con él. No así en internet, donde Geniusas, Li y Debargue tenían muchos más fans. Pero el jurado no estaba consultando Twitter o Facebook, sino viendo y escuchando lo que sucedía en sala. (También Debargue se ganó muchos sostenidores, con el paso de las pruebas, pero su manera de tocar es comprensible que no convenciera al jurado, y se vió cada vez más que le falta experiencia en el escenario.) De nuevo, hace cuarenta años, la música clásica partía de la idea de que el público había que educarlo; los miembros del jurado eran los expertos, los que sabían de música, y eso a menudo implicaba cierto distanciamiento de las opiniones del público. Hoy ya no es así, y menos todavía en un concurso al que se han invitado promotores y representantes del mundo concertístico. Es posible que en la calidez de estos aplausos haya tenido algo que ver la noticia de la muerte de la madre del propio Masleev, justo antes del inicio del concurso (que la TV rusa se ha encargado de dar a conocer: esta clase de información es siempre muy amada por los periodistas). Con más razón, se trata de esa conexión entre música y vivencias personales que hoy está tan presente en el mundo en que vivimos. 

Masleev TCH15 big 1435771508Otros dirán que Masleev ha ganado porque había dado clase con miembros del tribunal (que es cierto), o porque un ruso tenía que ganar al menos una de las categorías, o por no sé qué otras razones. Es posible que en sala se le apreciara un sonido grande y nítido, algo que a través de internet es difícil apreciar pero sí parece deducirse de la observación de su mecanismo. Pero no hay que buscar explicaciones en el resultado de ningún concurso. Lo que sí vale la pena es que los concursos nos ayuden a entender la realidad a la que se asoman los jóvenes pianistas. Y el Chaikovsky de este año tiene mucho que enseñarnos. Nos recuerda que las notas falsas no son nunca un problema en sí (y cuán despistados son los estudiantes que así lo sienten); nos invita a pensar nuestra relación con el público como un proceso, y no como la sucesión de piezas "bien tocadas"; y avala el creciente interés de los jóvenes intérpretes por la composición y la improvisación. Nunca sabremos, en cambio, cuánto ha influido la que es una vieja regla de todos los concursos: siempre es mejor ser el último en tocar. Dimitry Masleev fue el último en tocar en cada una de las pruebas. ¿Habría conseguido el mismo premio si hubiera tocado entre los primeros?  


Luca Chiantore, 1 de julio de 2015

George Li, el yerno ideal

En el momento de escribir estas líneas todavía no se conocen los resultados de las diferentes categorías del Concurso Chaikovsky, pero ya son muchas las cosas que se pueden comentar acerca de estas pruebas que gracias a Medici.tv hemos podido seguir tan bien en todo el mundo. Entre otras cosas, no sabemos si, como auguran muchos, George Li se alzará con la medalla de oro y con el primer premio en piano. En el fondo, no es muy importante. George Li hará una carrera, y muy grande, gane o no este concurso o el Chopin que le espera en unos pocos meses. Ganar uno de estos dos concursos simplemente facilitaría el camino. Y lo que es seguro es que su paso por este concurso ha representados su puesta de largo ante los ojos de muchos.  

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Más allá de cómo toque este muchacho (y toca muy bien, sobre esto no hay ninguna duda), es el fenómeno que representa el que merece un post. No se me ocurre un ejemplo más claro de lo que puede ser el "producto perfecto" para un mundo como el de la música clásica, con patrones tan definidos y poca predisposición a la sorpresa, pero sí necesitada de entrar en conexión con un mundo contemporáneo que no siempre entiende y con el cual no mantiene una relación fácil. 

Para empezar, el nombre: George Li. Corto e imposible de olvidar. Un nombre ideal. Y un perfecto reflejo de ese gusto por lo mestizo que tanto caracteriza nuestro mundo. Mitad chino, mitad estadounidense. En realidad, genéticamente es 100% chino, y administrativamente es 100% estadounidense, Pero la imaginación funciona de otro modo, y para ella él representa un puente entre ese occidente donde la música clásica se ha fraguado y ese oriente en el que hoy viven más pianistas que en el resto del mundo. Además, está el tema de la estatura. No sé cuánto medirá, pero George Li es muy pequeño. Parece ideal para encarnar el anti-heroe, el tipo por el cual no apostarías y que, luego, te asombra por lo que es capaz de hacer. Y ésta es otra cualidad que hoy vende mucho. 

Pero tras estas cuestiones está su manera de tocar. Y cómo viene tocando desde hace muchos años. El Concierto nº 2 de Saint-Saëns que grabó con la Orquesta Simón Bolívar con sólo 12 años es absolutamente asombroso. Se te ocurren inmediatamente las interpretaciones que a esa edad hacían Argerich, Kissin y no muchos más. Y por internet puedes encontrar un 2º de Rachmaninov con 15, un Concierto de Schumann con 17 y unos cuantos documentos más, suficientes para dar una idea de la continuidad de un proceso que ha conducido al muchacho que hoy encontramos en Moscú, con unas tablas y una solidez que, evidentemente, no nacen en un día ni únicamente en un aula de estudio. Incluso uno se pregunta si no tocaba mejor con 12 años que ahora, con 19. Pero la realidad es que para muchos pianistas legendarios los 19 años no fueron su mejor momento: Pollini era más impresionante con 15 que con 20, y tardó otros 10 en llegar a una verdadera madurez, y el mismo proceso lo han vivido otros. Esto, unos concertistas como los que están sentados en el jurado del Concurso Chaikovsky lo saben perfectamente. Y la suma de todo este recorrido le ha dejado a George Li un repertorio enorme, para un chico tan joven. Si ahora gana un concurso de los grandes, para las agencias internacionales él es una seguridad. Tiene repertorio de sobra, y ese tipo de repertorio que el público más conservador tanto aprecia. 

Su repertorio y su técnica, de hecho, parecen realmente una obra maestra, en la que el oficio y el marketing convergen a la perfección. Ya con 12 años, su mano tenía un equilibro  y una solidez formidables, y el repertorio estaba siempre elegido a la perfección. Su recital de graduación, por ejemplo, acaba con el arrego de Horowitz de Stars and stripes forever: elección ideal para ganarse al público estadounidense, viniendo de alguien cuya "americanidad" podría ponerse en duda. Con esa misma obra el recién nacionalizado Horowitz se ganó el público en su día, y hoy con ella George Li renueva aquella idea, sumándole el guiño hacia aquellos que puedan ver en él un "heredero" de aquel inolvidable virtuoso. Pero si sigues buscando en Youtube, es fácil que te lo encuentres aún más joven, Si lo buscas muy jovencito, te lo encuentras aún más joven, con 9 años, dando clase (mira por donde) con Lang Lang. Una inocente canción china, pero de sorprendente dificultad técnica, y un tu a tu con Lang Lang: un mensaje subliminal muy fáciles de descifrar. 

La perfección de la imagen que George Li proyecta en internet es tal que uno se pregunta si todo está pensado o si es el producto de una sucesión de circunstancias. Perfecta es su página web, por ejemplo: gráficamente poco profesional, como si se tratara de una web hecha en casa. Sorprendentemente poco profesional para un pianista que ya tiene una agencia de representación que gestiona su carrera. Pero perfecta para que nuestro George parezca un estudiante talentoso como tantos otros, y que necesita de nuestro apoyo para hacer una gran carrera. Informativa y neutra es la página que tiene en Wikipedia, capaz de informar a quien todavía no lo conozca de que estamos ante un joven con una carrera muy sólida, pero cuidadosamente prudente para que no parezca autopromoción. Y sorprendentemente bien calibrada es también la calidad de los videos suyos que aparecen en Youtube, no muy numerosos y muchos de ellos verdaderos videos caseros: cuesta creer que no hubiera la posibilidad de subir grabaciones de mejor calidad, pero la realidad es que esas orquestas desafinadas y esas cámeras domésticas fijas dan justo la idea de que él es un estudiante más. Ideal, de nuevo, para que nos identifiquemos con él y no parezca el perfecto producto de diseño. Tan ideal que es imposible no preguntarse si, efectivamente, no se trata de un producto de diseño. 

La obra maestra la hemos encontrado hoy mismo en Facebook, con el mensaje en primera persona que desde hace unas horas está circulando suscitando la merecida admiración de muchos: un mensaje tan personal y lleno de buenos sentimientos que, de nuevo, parece escrito por el mejor asesor de imagen imaginable. En el fondo, de cara a su carrera no es tan importante saber si hay alguien que lo aconseja o si es todo tan instintivo. Si llevas media vida en los escenarios, no tiene probablemente mucho sentido buscar una clara separación entre lo que es espontáneo y lo que está condicionado por la imagen que quieres proyectar. 

Veremos cuál será el futuro de George Li, pero su figura ya tiene un perfil propio, en el mundo musical actual. Quienes quieran cambios, que miren a otro lado. Pero para quienes desean continuidad, una continuidad capaz de situar en el mundo mediático que nos rodea la música tal como la hemos heredado, aquí está George Li. El "yerno ideal" de la música clásica. 


Luca Chiantore, 1 de julio de 2015

 

 

Notas falsas

Contra todo pronóstico, los concursosDimitry Masleev ha ganado la Medalla de Oro en la edición 2015 del Concurso Chaikovsky. Muchos se preguntan por qué. Yo no, porque nunca hay un porqué en los resultados de los concursos: mi experiencia en jurados de concursos internacionales en tres continentes diferentes me ha hecho tocar con mano la evidencia de que evaluar colectivamente un mismo candidato puede generar resultados al límite de lo aleatorio. Pero sí es cierto que, en su conjunto, los concursos ilustran tendencias. De esto sí vale la pena hablar.

Masleev6b5f22fc958e65a089744c5c1d96a9b8Una tendencia interesantísima, en este y otros concursos recientes, es la facilidad con la que se "perdonan" notas falsas, errores de memoria y otros detalles relacionados con el acabado. Hace treinta años, tocando como ha tocado, Dimitry Masleev no habría pasado la primera prueba de este concurso. No ha habido ni una sola pieza en la que no haya fallado un número considerable de notas; en el segundo tiempo de Les Adieux incluso tuvo un pequeño lapsus de memoria y en Wilde Jadg la falta de precisión y coordinación fue realmente llamativa. Los errores siguieron también en la segunda prueba, incluso en los pasajes más sencillos, y también, aunque en menor medida, en la final. En cambio, lo hemos visto -incrédulo, eso sí- con la medalla de oro al cuello. Lukas Geniusas, por ejemplo, es más preciso que él, pero representa una manera de tocar austera y sólida, muy "años 70"; hoy se prefiere alguien que cuida más el sonido y el acabado de las frases, aunque no sea tan preciso. 

Otra evidencia es la importancia de pensar el concurso en perspectiva. Masleev empezó claramente peor de cómo ha acabado. Esto es doblemente cierto en un concurso como éste, donde los resultados de las diferentes pruebas no hacen media, pero no es sólo una cuestión numérica. Masleev empezó con una prueba modesta y acabó con un 3º de Prokofiev brillante. Como ya recordé en anteriores posts, un concurso es una competición: si vas perdiendo 0-2 a mitad del partido y consigues ganar 3-2 (y si es con dos goles en tiempo de descuento, mejor) al final la copa te la llevas tú. Y esto es un poco lo que ha pasado aquí. Estoy seguro de que Masleev no fue quien tuvo la mejor puntuación ni en la primera ni en la segunda prueba. Sin embargo, ganó.

Un tercer aspecto a considerar muy atentamente es la composición de las cadencias. Masleev no ha ganado sólo el primer premio, sino también el premio a la mejor interpretación del concierto de Mozart. Y en su interpretación del Concierto K. 466, lo que más llamaba la atención era las cadencias y las fermatas (suyas, supongo). No ha sido el único a optar por este camino, por otra parte. Como en los casos anteriores, Masleev ilustra una tendencia, y el premio se limita a consagrar este creciente interés por aprovechar los espacios dejados por la tradición a la interacción entre composición e interpretación.

Un ulterior detalle importante es que Masleev "jugaba en casa", y desde el principio los aplausos fueron cálidos, claramente de su parte, y en la final el público estaba con él. No así en internet, donde Geniusas, Li y Debargue tenían muchos más fans. Pero el jurado no estaba consultando Twitter o Facebook, sino viendo y escuchando lo que sucedía en sala. (También Debargue se ganó muchos sostenidores, con el paso de las pruebas, pero su manera de tocar es comprensible que no convenciera al jurado, y se vió cada vez más que le falta experiencia en el escenario.) De nuevo, hace treinta años, la música clásica partía de la idea de que el público había que educarlo; los miembros del jurado eran los expertos, los que sabían de música, y eso a menudo implicaba cierto distanciamiento de las opiniones del público. Hoy ya no es así, y menos todavía en un concurso al que se han invitado promotores y representantes del mundo concertístico. Es posible que en la calidez de estos aplausos haya tenido algo que ver la noticia de la muerte de la madre del propio Masleev, justo antes del inicio del concurso (que la TV rusa se ha encargado de dar a conocer: esta clase de información es siempre muy amada por los periodistas). Con más razón, se trata de esa conexión entre música y vivencias personales que hoy está tan presente en el mundo en que vivimos. 

Masleev TCH15 big 1435771508Otros dirán que Masleev ha ganado porque había dado clase con miembros del tribunal (que es cierto), o porque un ruso tenía que ganar al menos una de las categorías, o por no sé qué otras razones. Es posible que en sala se le apreciara un sonido grande y nítido, algo que a través de internet es difícil apreciar pero sí parece deducirse de la observación de su mecanismo. Pero no hay que buscar explicaciones en el resultado de ningún concurso. Lo que sí vale la pena es que los concursos nos ayuden a entender la realidad a la que se asoman los jóvenes pianistas. Y el Chaikovsky de este año tiene mucho que enseñarnos. Nos recuerda que las notas falsas no son nunca un problema en sí (y cuán despistados son los estudiantes que así lo sienten); nos invita a pensar nuestra relación con el público como un proceso, y no como la sucesión de piezas "bien tocadas"; y avala el creciente interés de los jóvenes intérpretes por la composición y la improvisación. Nunca sabremos, en cambio, cuánto ha influido la que es una vieja regla de todos los concursos: siempre es mejor ser el último en tocar. Dimitry Masleev fue el último en tocar en cada una de las pruebas. ¿Habría conseguido el mismo premio si hubiera tocado entre los primeros?  


Luca Chiantore, 1 de julio de 2015

La paradoja de los concursos en internet

5.000.000 de espectadores hasta el momento. Una enormidad. Se trata, en realidad, de 5.000.000 de conexiones, lo que no es exactamente lo mismo. Pero sigue siendo una barbaridad. Es la cifra que Medici.tv proclamaba, con legítimo orgullo, hace un par de días al comentar el éxito que está representando la retransmisión en directo y el streaming en diferido de las pruebas de la 15ª edición de Concurso Chaikovsky. Y la cifra no sorprende a quienes nos movemos en las redes sociales, al observar cuántos posts y comentarios están publicándose en relación con esta retransmisión. Bastaría ese número para poner en entredicho la idea de que la música clásica no interesa. Este concurso está interesando, y mucho. Y este blog puede ser un buen lugar para realizar algunas reflexiones al respecto.

TCH15aLa primera tiene que ver con el la calidad esa retransmisión y la agilidad de la página web que la aloja. Informaciones sobre los concursantes, los jurados, las pruebas... todo está allí, listo para una consulta ágil y sin trabas. Las páginas se cargan al instante. Si posteas, sabes qué imagen y qué texto aparecerá, sin sorpresas. Si te conectas fuera de hora, te sale una cuenta atrás ideal para generar más expectativa. Y el hashtag para Twitter, #TCH15, es perfecto: corto y fácil de memorizar. Todos los detalles se han cuidado pensando en el usuario digital, anteponiendo el manejo a otras prioridades (a diferencia, por ejemplo, de lo que sucedió en 2010 con el Concurso Chopin). Además, el hecho de retransmitir simultáneamente los concursos de piano, violín, cello y canto, en lugar de dispersar la atención, crea sinergias y contribuye a que tantos estemos de algún modo involucrados en esto.

Por otra parte, nadie de nosotros tiene el tiempo para seguir todas las pruebas. De ahí que las actitudes de cada uno estén a menudo condicionadas por las personas de nuestro entorno. Un comentario en Facebook puede ser suficiente para que otros se fijen en uno u otro candidato, y esto nos recuerda cuán volátil, cuán humanamente condicionada es nuestra relación con todo ello. Además, aunque la calidad de la retransmisión es excelente, no suelen ser igualmente buenas las condiciones en las que muchos de nosotros escuchamos esas pruebas, a menudo con altavoces de baja calidad o de forma distraída. Nos hacemos una opinión que es inevitablemente filtrada por el propio medio: nada que ver con lo que sucedería estando sentados allá, en primera persona, escuchando a esos mismos concursantes. Y nada que ver, desde luego, con lo que escuchan los miembros del jurado (de impresionante nivel, por cierto: difícil reunir a tantos grandes intérpretes, en cada una de las categorías).

Un producto clarísimo de esta interacción llena de trayectorias imprevisibles es la forma con la que aparecen los "fans" de unos y otros. En algunos casos, las razones son obvias: en España se está respaldando muchísimo al cellista Pablo Ferrández, y no sólo ahora, cuando ha llegado a la final, sino desde el principio. Al margen de que toque divinamente, se ha conseguido que muchos sigan su participación de un modo no tan distinto de como se sigue una competición deportiva. No es un seguimiento masivo, pero hay esa clase de interés. Del mismo modo en que en Francia están entusiasmados con Lucas Debargue, el pianista más outsider de todos los que han participado. Pero no se trata únicamente de "barrer para casa": Debargue, de hecho, está recogiendo apoyos un poco en todo el mundo, y no sólo con su manera de tocar, sino por su aire de eterno despistado, su historia personal poco común, su interés por el jazz (un interés que el propio concurso se ha encargado de promocionar). De un modo más o menos explícito, muchos quieren que gane Debargue, así como tantos, en España y no sólo, quieren un premio para Pablo Ferrández. Y justo allí es dónde aparece la parte competitiva. La dimensión que queda palpable en los artículos sorprendentemente publicados por diversos periódicos. Pablo ha llegado a la final, nunca había pasado, y ahora a ver si gana. Eso es noticia. No el cómo toca: el hecho de que está participando con éxito en una competición.

En el fondo es un concurso, de modo que no debería extrañarnos. La cuestión es que no sabe uno si alegrarse o no, de todo este seguimiento. Porque demuestra que esa dimensión competitiva está metida a fuego en nuestra cultura contemporánea, y que cuando la música se puede seguir como si se tratara de un deporte, hay mucha, muchísima gente que de golpe dedica horas a escuchar Haydn, Schumann y Chaikovsky. Y no sólo personas que lo hacen en otras situaciones, personas que van habitualmente a conciertos y escuchan esa música en su casa, sino también otra gente: gente que no lo haría si no se tratara de un concurso. Esos 5.000.000 de conexiones son una cifra aterradora. Universal Music se da con un canto en los dientes si un disco clásico consigue vender 10.000 copias en todo el mundo. Los datos de streaming y descargas en Spotify y iTunes de música clásica son tristemente bajas. Esos cinco millones no pueden no hacernos reflexionar.

Los profesionales de la música repetimos una y otra vez que la música no tiene que ver con la competición, y que los concursos están muy lejos de representar lo más noble que hay en aquello a lo que dedicamos nuestra vida. Pero, nos guste o no, esa dimensión competitiva arrastra las masas y, a menudo, a nosotros mismos. Lo hizo en su día, con los duelos en los que se vieron envueltos personajes como Mozart, Beethoven o Liszt. Y, por lo visto, sigue levantando pasiones hoy en día.


Luca Chiantore, junio 2015