Todavía recuerdo como si fuera ayer la emoción de recorrer ese pasillo y, al fondo, encontrar semana tras semana esa habitación. Con 15 años, en pleno torbellino emocional, con una lista exageradamente larga de cosas que crees NO querer en tu vida, pensando y diciendo a diario frases por las que hoy no sabes si reír o llorar, aquellas clases de piano en el Liceo Musicale di Monza eran una pequeña y fundamental certeza. Allí yo encontraba por fin una guía musical segura, tras una iniciación que había sido emocionante pero muy confusa; ahora había consejos que funcionaban, directrices claras, un trabajo paciente y ordenado, y no durante unos días o unos meses, sino durante largos años. Y esos años, esas certezas, tenían un nombre: Emilia Crippa Stradella, la única verdadera maestra de piano que llegué a tener jamás. Esa vitalidad, esa voz inconfundible saludándote siempre con una sonrisa, ese trato afable y a la vez riguroso, en una mujer no tan mayor entonces, pero cuyo aspecto delataba la humildad y la austeridad de quienes viven la docencia con una entrega total, eran un universo.

Tras ella llegarían otros retos y otras perspectivas, pero nunca volvería a vivir esa sensación de estar ante un camino claro y definido, y al mismo tiempo esa libertad de recorrerlo a mi manera. No puedo ni imaginar lo complicado que debía de ser tenerme a mí, con 17 o 18 años, como alumno. Yo que lo quería todo teniendo tanto por aprender, con el ego por las nubes pero siempre en busca de mí mismo. En esos años tan complicados, ella supo estar allí. Supo hacer que trabajara las Invenciones de Bach, el op. 740 de Czerny, el Gradus ad Parnassum, pero no me negó los Trascendentales de Liszt, la Waldstein, la Cuarta Balada, Jeux d'Eau o esa pequeña locura que es Rounds de Berio. Conmigo trabajó obras que no había nunca enseñado a nadie, y sin embargo siempre llegaban consejos importantes, digitaciones eficaces, junto con la percepción de que, por muy grandes que fueran mis ganas de comerme el mundo, debía ir paso a paso. Esttuvo ella en años emocionantes en tantos sentidos, no sólo musicales pero siempre también musicales, llenos de ilusiones que nunca chocaban con su presencia. Y luego tenía esa suprema forma de sabiduría que es el confiar en los colegas: ella misma me acompañó a que me escucharan otros, tomando nota de lo que me decían, haciendo preguntas siempre pertinentes. Y quiso conocer dónde estudiaba: vino a casa a ver el piano de cola que mis padres acababan de comprarme, y fue la única vez que la vi tocar, un Estudio op. 25 nº 1 que está todavía muy grabado en mi memoria, con su mano pequeña y los dedos esculpidos por la artrosis capaces de extraer planos sonoros que jamás había oído a tan corta distancia.

Con los años, los estudios con otros docentes más famosos, los viajes y la vida en otro país hicieron que su recuerdo se alejara. Pero pronto me encontré yo mismo a enseñar, comprobando cuán complejo es acompañar a un joven músico en la búsqueda de su propio camino, y esto me ha llevado a valorar cada vez más lo que ella supo hacer. Lo hizo conmigo y con cientos de alumnos a lo largo de más de 60 años de carrera, y bien mereció el Giovannino d'Oro que recibió en 2012, el reconocimiento más prestigioso de la ciudad en la que siempre vivió, Monza. Fui a visitarla varias veces, en estos últimos años, y siempre me pareció la misma, a pesar de que ella se quejaba de que la salud no era la de antaño. Quise presentarle a mis hijos, hacerle entrega de una copia de los libros que iba escribiendo, y el último concierto del Tropos Ensemble, en Milán, lo quisimos dedicar a ella. Pero ya supimos que no iba a poder estar presente; lo que significaba para mí ese concierto se lo escribí por carta y en la que fue nuestra última conversación telefónica.

Emilia Crippa Stradella, la maestra Crippa, la única verdadera maestra de piano que llegué a tener nunca, nos ha dejado ayer. Un viernes santo: vaya coincidencia. Casi una metáfora, de hecho. Si la Semana Santa nos habla de muerte y de resurrección, del triunfo del amor sobre la caducidad del tiempo —independientemente de la forma que cada uno pueda tener de vivir el sentido religioso de todo esto—, entonces no hay duda de que es un excelente momento para reflexionar sobre el sentido último de la enseñanza, de la enseñanza de verdad, aquella que se instala en nuestras vidas y nos hace ser quiénes somos. Porque enseñar es dejar un legado, y hacer vivir tu ejemplo en los demás. Y si es cierto que es una enorme responsabilidad hacerse cargo de la educación de quienes vendrán después de nosotros, no lo es menos recoger ese testigo y estar a la altura de los ejemplos que has tenido.

Tras 90 años dedicados a la docencia y a una maravillosa familia de la que tanto arte ha brotado en formas diversas, el legado de Emilia Crippa Stradella no se perderá: vive y vivirá, de hecho, en quienes tuvimos la suerte de tenerla en nuestras vidas. Hoy sólo siento la necesidad de decir: grazie, maestra. Pero también sé que a partir de hoy habrá que trabajar más y mejor. Más seriamente, más pacientemente, más humildemente. Y que jamás se me olvide saludar con una sonrisa sincera.


Luca Chiantore, 14 de abril de 2017

 

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