Este es un post en directo. No sé cómo acabará, de hecho. David Canals, querido alumno y apreciado colega, me acaba de sugerir la escucha de un disco que Deutsche Grammophon ha lanzado hace muy poco y del que no sabía nada. Y lo poco que he escuchado hasta el momento me impone una reflexión compartida.

El pianista es Simon Ghraichy, francés, 31 años, con sangre libanesa y mexicana en las venas, algunos trabajos discográficos puntuales en los pasados años y ahora el desembarco a DG, que evidentemente cree en él. Veo su currículum y la carrera de verdad la está empezando ahora. Pero en los últimos tiempos ha pisado por donde hay que pisar: Carnegie Hall, Berliner Philharmonie, Théâtre des Champs-Elysées. Está claro que este disco con el que muchos lo estamos conociendo ahora mismo (Heritages, 2017) merece ser escuchado con atención, pero desde el principio percibo que abre muchos interrogantes. Aquí está completo:

https://open.spotify.com/album/5U6lKpvlDM2YglVOUGfm4e

De la grabación parece tratarse de un pianista soberbio, especialmente en lo que a control del sonido se refiere, y los pasajes más complejos resultan de un brillo que impacta. Pero allí empiezan las sorpresas, porque impacta de un modo distinto de cómo lo hacen otros discos. La grabación, desde luego, ayuda: la masterización es insólita para un disco de música clásica, porque la reverb sí es larga, como es habitual desde los años 90, pero unos bajos tan profundos no los habíamos oído nunca en un disco del sello amarillo, y aún menos ese fortissimo, que en el registro medio y en el agudo (y de dos maneras diferentes) tiene una “pegada” capaz de dar a las notas acentuadas un sonido muy distinto del de sus compañeras no acentuadas, exactamente como suele suceder con ciertos instrumentos de percusión. Tanto que cuando, en el último track, precisamente un percusionista aparece para acompañar a nuestro pianista, todo suena muy natural, tímbricamente hablando.

Ahora bien, escucho el conjunto del disco y, en muchos momentos, no me convence. Supongo que está pensado para ofrecer al público de la clásica sensaciones que parecen tener sus raíces en la música popular. Algo así como lo que dan las camisetas de James Rhodes, pero esta vez con un sonido que también habla de ello: mucho del repertorio tiene un pie en el mundo de la música popular, y tocado así acaba por poner en él incuso el otro. Entiendo perfectamente que este hombre ha venido para quedarse, y que tenemos que hacernos la idea: una parte significativa del futuro de la música clásica está en apuestas como ésta. Pero no consigo entrar en sintonía con esta apuesta, y desde luego no porque tenga prejuicios contra esa clase de diálogo, con lo que aprecio lo que han sabido hacer en tiempos recientes Uri Caine o Francesco Tristano. Aquí van pasando las piezas y no hay ni una en la que inmediatamente no se me ocurra un pianista que me gusta infinitamente más. Y a menudo, además, se trata de personas queridas, porque gran parte del repertorio de este disco será bastante desconocido para más de un melómano europeo, pero para quienes nos hemos movidos bastante por Latinoamérica está lleno de “grandes éxitos”: el Intermezzo de Ponce, La comparsa de Lecuona, Odeón de Nazareth, dos Ponteios de Camargo Guarneri, el Danzón nº 2 de Márquez (gran pieza, por cierto: en su género, una obra sin igual, aunque la versión pianística no puede competir con la orquestal), todo bien mezclado con piezas españolas y otras francesas de inspiración española. Una macedonia de sabores genéricamente latinos. Y si a ello unimos un fraseo flexible, siempre dispuesto a la inflexión agógica, tanto easy listening acaba por saturarme, como también me desconcierta que en algunos pasajes muy rítmicos (en particular en Asturias, mal indexada, por cierto, en Spotify) el pulso se escape a veces hacia adelante. Y no es el repertorio, porque cuando son Raúl Herrera, María José Carrasqueira, Catarina Domenici, Olga Valiente o Leonardo Gell quienes interpretan estas obras (o también Martha Argerich y Nelson Freire, en sus puntuales incursiones en estos repertorios) esto no me sucede.

Una piezas como el Intermezzo de Ponce me suelen gustar siempre que no suene a piano bar, y aquí se está coqueteando precisamente con esto. Nada que ver, es cierto, con la trascendencia que se obstina a darle Lang Lang, capaz de convertir esta pieza en una parodia de su propia manera de tocar, pero no puedo evitar echar de menos, hoy más nunca, la nostalgia noble, íntima y profunda que la música mexicana del Porfiriato adquiere entre los dedos de Raúl Herrera, y que también he oído, en formas diversas, en las grabaciones de otros pianistas latinoamericanos. Con La maja y el ruiseñor o Soirée dans Grenade, más de lo mismo: cuando vienes de escuchar las refinadísimas versiones de Javier Negrín, Marta Zabaleta o Luis Fernando Pérez, cuesta sintonizar con esta manera de pensar el repertorio español o de inspiración española. Hay momentos magníficos, en este disco (en Souvenir de Puerto Rico de Gottschalk, en particular, y en Festa no sertão), las dos versiones del Danzón de Márquez son un acierto colosal, y la variedad de acentos y dinámicas hace que la escucha resulte en su conjunto placentera. Pero hay mucho azúcar, en esta macedonia. Y más alcohol de lo que parece al principio. ¡Eso es! Es que no es una macedonia: es sangría. Quita la sed, dicen. Yo no no puedo con ella, pero entiendo que la sangría pueda gustar; de hecho, la cobran a precio de oro, en las terrazas de verano para turistas. Además, aquí la impresión que tengo es que, en lugar de haberle echado cualquier cosa, como suele pasar en la mayoría de bares y restaurantes cuando pides sangría, han elegido fruta de primera calidad, y vino de alta gama. Por ello quiero escuchar más. Me cuesta, porque cada paso que doy en busca de este hombre me desconcierta más que el anterior; si la portada de este último disco Heritages es muy "de diseño", el look de algunos de sus videos deja, directamente, sin palabras. 

Definitivamente, quisiera conocer en persona a Simon Ghraichy y tener la suficiente confianza como para saber si detrás de todo ello hay una consciente y meditada construcción, la construcción de una imagen pensada para buscar un público que efectivamente está allí, y que los intérpretes clásicos no suelen conseguir alcanzar. Liberace, que de propuestas como éstas ha sido el insuperable padrino, siempre fue honesto al respecto: hacía la música que sabía hacer, envidiando la que hacían otros, como Rubinstein o Horowitz, y… consolándose a son de dólares (literalmente: lo decía así). Porque, al igual que en el caso de Liberace, aquí no es sólo el look sino también el gusto de ciertas elecciones musicales que se acerca a formas que asociamos a músicas muy alejadas de la música clásica. Con la diferencia (trascendental) de que Ghraichy disponer de una preparación y un dominio de la situación que sí incluye esos códigos de los que su propuesta parece querer apartarse. 

Del músico clásico, Simon Ghraichy tiene, sin duda, el oficio: hablamos de un profesional extraordinario, cuyo dominio instrumental sigue los patrones de la formación académica y los despliega con un perfecto dominio de la situación. Pero musicalmente algunos de los videos que descubro en internet confirman la dificultad de apreciar varias de sus propuestas con los códigos estéticos de la tradición. Y esto, de entrada, me atrae. Como también me atrae la comodidad con el que se le ve moverse en contextos que la música clásica siempre ha ignorado e incluso despreciado. Ahora bien: no puedo evitar preguntarme cómo abordaría otros repertorios, aquéllos que la música clásica siempre ha considerado como los más "grandes". Y para ello nada mejor que un disco como Duels, que incluye la Sonata en si menor y Kreisleriana, precisamente al lado del Allegretto de la 7ª incluido en el video precedente. Con un repertorio así, las dudas deberían despejarse, y tras escuchar los acordes staccatissimo del anterior Beethoven-Liszt, me temo lo peor.

https://open.spotify.com/album/5PF4RaySjJYXCibUxOswXu

Si superas el susto que genera la portada, un disco como Duels confirma que Simon Ghraichy es un impresionante pianista. Un pianista personal, y a la vez muy situado en el marco de la tradición, de la que, cuando se aleja, no lo hace de un modo muy diferente de cómo lo hacen algunos de sus coetáneos. Recupera, por ejemplo, la asincronía de las manos (véase el principio de la Sonata de Liszt) y busca líneas intermedias menos habituales (como en la parte central de la tercera pieza de Kreisleriana), recordando en más de un caso esa misma vuelta al pasado (a un pasado de nombres propios como Hofmann o Horowitz) que caracteriza a Yuja Wang, Daniil Trifonov y muchos otros pianistas de hoy. No hay duda, este disco me gusta mucho más que el anterior, y mi interés por escuchar más a Simon Ghraichy aumenta. Pero precisamente por ello me sigue chocando tanto verlo, a la vez, en videos como éste, de hace pocas semanas: 

Visual y auditivamente, todo es propio de un piano bar. ¿Éste es el destino de la música clásica? Probablemente no, o al menos no de toda ella. Pero supongo que tendremos que prepararnos a ver algo así una y otra vez. Y un hombre como Simon Ghrauchy demuestra que puedes tener una concepción personal y muy coherente de Kreisleriana y a la vez parecer cómodo en una situación como ésta, de la que algunos quisiéramos huir corriendo. 

Antes y después de Liberace, ha habido todo tipo de propuestas interesadas en prescindir de los códigos heredados y lanzarse hacia lo "popular". Desde Jullien hasta Rieu, la música ha desbordado barreras una y otra vez. La novedad aquí reside en que quien la hace no renuncia a los códigos de la música clásica: la fidelidad al texto original o a precisos arreglos cuidadosamente estudiados, la precisión mecánica, la parquedad en la expresión oral, hacen que todo parezca muy "clásico" incluso en contextos que nosotros no reconoceríamos como tales. Lo sé perfectamente: de Monteverdi a Beethoven, de Puccini a Philip Glass, una y otra vez la música clásica ha sido acusada de "ceder" ante lo simple, de pervertir la tradición malvendiéndola a las masas, de modo que es posible que el juicio de la posteridad no tenga nada que ver con lo que sucede en mi cerebro al contemplar esto. Y en este caso, además, está la evidente novedad de un músico capaz de transitar con tanto desparpajo de la erudición a la inmediatez, de la más austera introversión al espectáculo mediático.

Habrá que seguir con atención las trayectorias futuras de Simon Ghrichy. El hecho de que gran parte de lo que he estado encontrando a mí, personalmente, no me interese en absoluto, no quiere decir que no nos pueda dar muchas alegrías en el futuro. Y con la calidad profesional por delante. Porque no hay duda: Heritages es sangría, pero hecha con un vino gran reserva y fruta fresca de primera clase. Tiene sus ventajas: si superas el tercer vaso (digo, la tercera escucha), al día siguiente no te despiertas con resaca. Pero yo me quedo con otras cosas, que las hay. Empezando por su Schumann y lo mucho que promete de cara al futuro. 

Luca Chiantore, 18 de marzo de 2017