La melodía, rubato. El acompañamiento, a tempo. Lo hacía Mozart, dicen, y Chopin. Y, como ellos, otros músicos del pasado. Pero… ¿alguien ha escuchado realmente la música clásica tocada de este modo? ¿El repertorio pianístico de autores como Mozart y Chopin con un rubato de este tipo? Yo no. No, porque no me consta que haya existido todavía un pianista que realmente sea capaz de tocar perfectamente a tempo con una mano y, al mismo tiempo, una melodía flexible con una agógica equivalente a la que un cantante u otro instrumentista podría realizar por encima de un acompañamiento que siga implacablemente su curso. En realidad, esto no suele ser habitual, en la música clásica, ni siquiera entre los cantantes, y menos todavía en la música de cámara. Pero en el piano, directamente, se vuelve ciencia ficción.

blogmetronomeEstamos justamente en estos días recibiendo las solicitudes de admisión al Doctorado en Música en el que Musikeon colabora con la Universidad de Aveiro, y éste me parece un ejemplo tan claro de investigación artística, de una investigación pendiente cuyos resultados muchos esperamos con extremo interés, que bien puede ser el tema de un post. Porque un Doctorado en Música, como ya expliqué en otros posts hace años, es el lugar ideal para esto: pasarse unos años experimentando lo que nadie ha hecho antes. ¿Cómo? Bueno: allí está el reto de buscar la metodología adecuada. Una metodología que puede ser, por qué no, parte del experimento. En el caso anterior, por ejemplo, ¿qué resultados conseguiríamos si tocáramos durante tres meses un movimiento lento de Mozart o un Nocturno de Chopin únicamente a manos separadas, buscando dos formas diametralmente diferentes de ajustarnos a un mismo metrónomo? Quién sabe: nadie lo ha intentado jamás, que se sepa. ¿Y practicando a manos juntas pero impidiendo que las cuerdas de una parte de la tesitura global se pongan en vibración? Más de lo mismo: la respuesta todavía no la conocemos.

Modelos hay, pero en otros campos: escúchense cómo Concerto Italiano, el conjunto dirigido por Rinaldo Alessandrini, grabó Il lamento della ninfa de Monteverdi, o cómo un cantante como Lluís Llach se acompaña a sí mismo en su disco en solitario Nu, superponiendo un rubato en la melodía llevado hasta sus últimas consecuencias mientras mantiene un pulso implacable con su piano y su guitarra.

No es que el ser humano no sea capaz de realizar estas operaciones simultáneamente o haya perdido esta capacidad con el tiempo: lo hacía Mozart en su día, lo hace hoy Lluís Llach. Lo que sucede es que hoy, en la música clásica, no lo hacemos. ¿Cómo sonarían esas obras tocadas de otro modo? Yo tengo ganas de saberlo. Sueño con que alguien, algún día, se siente al piano y toque los Nocturnos de Chopin de un modo en el que pueda reconocer aunque sea en parte lo que se dijo de cómo él realizaba el rubato. Y esto sólo puede ser el resultado de una investigación, una experiencia contemporánea en torno a su música. El doctorado es el espacio ideal para esto. Sólo faltan pianistas curiosos, con ganas de experimentar y de llegar a subirse a un escenario sabiendo que esa música, de ese modo y en un piano moderno, nadie la ha tocado nunca. De paso, de sacas un título de doctor. Pero eso, sinceramente, es lo de menos. Lo que cuenta está en otro lugar: está allí, encima del escenario.  


Luca Chiantore, 29 de abril de 2016

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