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Es una escena que se repite a diario en nuestras universidades, en nuestras escuelas de música, en nuestros conservatorios. Algunos estudiantes, muchos pero no todos, allí están, cada mañana, muy temprano, como si de su abnegada entrega al estudio dependiera su futuro y casi, se diría, su vida.

Es cierto que esto puede volverse una obsesión, y desde luego no son las horas en sí mismas las que hacen la calidad del resultado: ¡cuántos estudiantes no saben estudiar y malgastan cientos, miles de horas para llegar allá donde podrían llegar con la décima parte del tiempo! (Los pianistas sabemos muchísimo de esto…) Pero esa determinación, especialmente cuando no está condicionada por la presión social o la necesidad económica, siempre me ha resultado llamativa. Porque allí no hay imposición que valga: el motor que te lleva a levantarte temprano, a vencer el sueño para luchar por una sala de estudio, a desear volver un día más a donde ya estuviste ayer, y anteayer, y así desde hace meses y años, ese motor lo tienes que tener dentro.

Estos días, las redes sociales echan humo en recuerdo de Prince, y precisamente hoy encuentro un artículo en la revista People (http://www.people.com/article/prince-jimmy-hamilton-music-teacher) con el testimonio del que fue profesor de piano de este músico tan peculiar, un tal Jimmy Hamilton, quien lo vio buscarse a sí mismo en plena preadolescencia. Y este hombre, que hoy tiene 79 años, recuerda precisamente cómo Prince estaba siempre allí, cada mañana, a las 8 a.m. en punto, para poder estudiar antes de que empezaran las clases. Todos los días. Allí, en el anonimato de un instituto de Minneapolis., sin que nadie pudiera imaginar la fama planetaria que le esperaba. Recuerda su hambre de música, su curiosidad por todo lo que tuviera que ver con la teoría y la práctica, y también la extrema timidez que entonces parecía ser el principal impedimento para que aquel muchacho pudiera hacer carrera.

El motor que nos empuja adelante tiene formas imprevisibles, y esa misma timidez puede ser, en realidad, un combustible potentísimo. Como puede serlo la voluntad de cambiar las condiciones de vida tuyas y de tu entorno, o el espíritu de superación ante la incomprensión ajena. El caso es seguir adelante, superándose constantemente. Trabajar día tras día sintiendo que cada hora es importante. Importante la música que escuchamos, las horas en compañía de nuestro instrumento, los libros y las conversaciones en las que aprendemos un poco más de la música que impregna nuestra vida. De hecho, esto no se queda en la infancia o en la adolescencia: te acompaña toda tu vida.

Allí es donde nos construimos como músicos y como personas. Y allí es donde marcamos la diferencia, con los demás y también con nosotros mismos: la diferencia con esa persona que acabaríamos siendo si no estuviéramos volcando tantas energías en lo que hacemos. Por encima de las cualidades innatas, muy por encima, está la determinación en aprovechar cada minuto. ¿O quizás es ésa la cualidad innata más importante de todas?


Luca Chiantore, 29 de abril de 2016