Maravillosa película, Cinema Paradiso, ¿verdad? Este post, en realidad, no habla de ella. Su trama, sin embargo, está instalada en mi mente desde ayer, cuando me llegó desde Italia un mensaje que me informaba del fallecimiento de Gino Venturini.

Que nadie intente preguntarse si escuchó antes ese nombre, o si se trata de una de esas figuras poco conocidas que tantas veces menciono en mis cursos. Nada de eso. Sin embargo, su legado lleva merodeando por mis clases desde siempre.

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En mi biografía personal, si alguien puede ocupar el rol de Alfredo, del hombre mayor de aquella película, ése es sin duda Gino Venturini. Cuando lo conocí, a él y a su inseparable esposa Roberta, yo no era tan niño como lo es Salvatore en el film, ni las circunstancias socioeconómicas eran las de la Sicilia de posguerra de Cinema Paradiso. No obstante, a partir de allí, sólo encuentro similitudes.

Gino Venturini no era músico, pero amaba la música como nadie. Y era la persona más generosa de este mundo. Su vida había sido dura; siguió trabajando hasta los 80 años, atravesando momentos muy difíciles, y todo a su alrededor era humilde y sincero, luchado día a día.

Quién era lo fui descubriendo poco a poco. Un colega de mi padre le habló de él y de su amor por la música, y nos lo presentó. Yo había empezado mis estudios musicales hacía tiempo, pero todo estaba todavía por hacer. A partir de entonces, él estuvo allí. Siempre. Fue quien organizó mis dos primeros recitales, en Vimercate, el pueblo en el cual vivíamos; hizo posible que diera mis primeras clases de piano; armó el primer microfestival en el cual mi nombre aparecía al lado de nombres más famosos que el mío y, cuando llegó el momento, Gino y su inseparable Roberta viajaron 700 kilómetros para escucharme tocar por primera vez con orquesta.

Recuerdo su voz potente, su fuerte acento norteño, las locuciones en dialecto y una carcajada generosa. Tenía un físico fuerte, en esos años; siempre tenía algún dulce que ofrecerte y él mismo era un excelente cocinero (ay, esa cassoeûla…). Pero sobre todo, en mi memoria y en mi presente, está todo aquello que se fraguó durante las visitas semanales a su casa. Porque en su casa estaba su descomunal colección de discos.

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No sé cuántos eran. Decenas de miles, supongo. Paredes y armarios llenos de vinilos en los que siempre estaba la pieza que buscabas, la obra que estabas estudiando, la que habías oído mencionar, y no en una, sino en infinidad de versiones. Seguro los años han amplificado la magnitud de aquella colección, pero en mi imaginación infantil –la imaginación de un muchacho que disfrutaba ya, como ahora, del comparar versiones, del analizar los mil matices que podían diferenciar una interpretación de otra– aquello era lo más parecido al paraíso que te podías imaginar.

Algunos de esos discos, semanalmente, se venían conmigo a casa, para que los pudiera escuchar con atención y devolverlos a la semana siguiente. En una época sin Youtube, sin iTunes, sin Spotify, aquello era un privilegio sin fin. Yo jamás habría podido comprar todo eso. Él probablemente tampoco, si pienso en cuán desprovista de todo lujo era la vida de Gino y Roberta. Pero el caso es que la pasión hace hacer esas cosas, y allí estaba esa colección.

Allí descubrí cómo sonaban las interpretaciones de los nombres legendarios que iba leyendo en los libros, y aparecieron otros que nunca había oído nombrar, siempre acompañados de los propios comentarios del Señor Venturini. Lo recuerdo hablando de las interpretaciones que más le gustaban, sin ningún tecnicismo pero con opiniones siempre argumentadas: un gusto forjado escuchando música clásica durante horas y horas, a lo largo de toda una vida.

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No hay curso, artículo o masterclass en las que no cite alguna obra o alguna versión que descubrí en aquellas veladas. Y comparto hoy esos recuerdos no como simple ejercicio autobiográfico, sino porque su caso nos recuerda cuán importantes son esas personas anónimas que tanto hacen para que otros tengan oportunidades. Personas anónimas para la mayoría, pero que tienen un día de 24 horas como todos, una familia y un trabajo que atender, y que sin embargo deciden dedicar tiempo y recursos que bien podrían dedicar otras cosas, para hacer más bello nuestro mundo y la vida de las personas que les rodean.

Gino Venturini estuvo presente –muy presente– en esos años decisivos para la vida de cada uno de nosotros, cuando el que hasta entonces ha sido un entretenimiento infantil puede convertirse en una pasión capaz de orientar toda una vida. Y el destino ha querido que esté escribiendo estas notas en el avión de camino a Nueva York, a punto de tocar en aquella mítica Carnegie Hall que es uno de los tantos nombres que mis ojos leyeron por primera vez allí, en su casa, impresos en discos que parecían mágicos.

“Horowitz at Carnegie Hall”: ¡cómo sonaba eso!... Sin esos momentos, ¿quién sabe si ahora mismo estaría hoy volando hacia allá?... También por eso no puedo decir otra cosa que GRACIAS. Gracias por todo, Sr. Venturini. Y gracias, Roberta, a quien envío el más intenso y afectuoso de los abrazos. He sido muy, muy afortunado en encontraros en mi camino. Ojalá todos los jóvenes artistas puedan tener a su lado a personas como vosotros.

Luca Chiantore, New York, 29 de noviembre de 2015

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