DiegoDNIchilenoCada paso que daba con aquella cadencia pausada y caótica parecía la crónica de una caída anunciada. En realidad tropezaba más que caminaba.

Hemos llorado de la risa con sus desafíos a la gravedad y otros relatos increíbles. Solo él podía reírse de sí mismo cuando voló unos metros sobre adoquines para acabar besando el suelo a modo de reverencia ante las féminas de los escaparates del Barrio Rojo, o cuando inocente se dejó guiar a ciegas por Valencia y sin remedio se comió un árbol y lució chichón durante más de una semana. Y es que hay que tener arte hasta para caerse.

Desaliñado y desgarbado, normalmente escondido tras la barba y las greñas, hacía retorcer cuellos cuando se abría la puerta, siempre tarde, y aparecía en clase recién afeitado y con el pelo cortado. El chico nuevo, qué guapo.

Y es que lo era, era nuevo, diferente, contestatario e imposible de encorsetar. Había vivido mucho, hablaba varios idiomas, había tenido muchos negocios, pero ahora quería ser músico.

Y lo era, y también era especial. Recuerdo verlo estudiar golpeando con furia las teclas, arrancando gemidos desesperados de las cuerdas, porque su mano no siempre hacía lo que él quería, como si fueran instrumentos inútiles para mostrar su talento. Lo suyo era pura lucha, e incluso tras los gritos, los juramentos en todos los idiomas y las repeticiones hasta el colapso, esa mano, a veces agarrotada por el nervio, sacaba sonidos diferentes, nuevos.

Libros amontonados, pianos desmembrados, paredes curvas, colores tierra, platos trasnochados y diseminados por toda la encimera... Habíamos descubierto la cueva de un nómada, y se la había hecho a medida. Valencia era su nueva casa por un tiempo. ¡Ah! El tiempo… otra lucha vital. Nuestro Diego tampoco sabía de horarios.

Él era exótico, como su acento, y un despistado de sonrisa pícara que tenía mucho tirón con las mujeres. Noble y cariñoso, con fuerte carácter y una sonrisa contagiosa.

A veces las palabras le salían lentas como si las fuese modelando en un nuevo idioma. Nuestras charlas interminables, nuestras cervezas eternas, la música y las ganas de aprender incluso a horas intempestivas. ¡Quién no ha cantado corales a 4 voces a altas horas de la noche o afinado botellas de cerveza para reproducir melodías en grupo!... Entretenimientos inverosímiles que se convertían en momentos divertidos y desternillantes. Sí, quizás éramos unos frikis, pero éramos musikinkis.

Diferentes culturas, diferentes personalidades y diferentes experiencias vitales. Todos convivíamos, nos respetábamos y nos queríamos con locura, y durante un tiempo, aunque ahora parezca lejano, fuimos todos a una. Ahora somos amigos, de esos que rara vez se encuentran. Pero nos alegramos juntos de las cosas buenas de los demás y lloramos juntos, aún a miles de kilómetros para despedir a una parte de nosotros.

Así que Diego, no lo hemos olvidado, brindar por ti brindaremos, con cerveza belga de la buena, de esas que no sabes que estás borracho hasta que intentas levantarte de la silla. Una Duvel o una Kwak por ti y por la vida y lo que hemos vivido juntos. Aunque ahora se nos parta el corazón, siempre estarás con nosotros.

Leticia Folgar Ferreiro 
25 de septiembre de 2015