Hay noticias que cuesta demasiado asimilar. Diego Ghymers, nuestro Diego, nos ha dejado. El músico y el amigo al que tantos de nosotros en Musikeon hemos apreciado y querido tan profundamente, ya no está. Con la misma velocidad con la que pasó por la vida, la misma velocidad a la que se movía su prodigiosa inteligencia, se ha marchado la pasada madrugada. Y de una forma tan inexplicable como inexplicable fue siempre, para quienes lo conocíamos, el hecho que alguien con su instinto musical no tuviera el mundo a sus pies.

El silencio de la noche, una carretera de provincia, un camión y un coche cuyas trayectorias jamás debieron encontrarse. La muerte lo sorprendió solo, nada más volver del Camino de Santiago, que había recorrido de una forma tan original como original fue lo que hizo, siempre. Porque Diego no fue sólo un músico formidable. Diego se instalaba en tu vida con todo su ser: con su mirada ante el mundo siempre capaz de ver más allá de lo obvio; con su integridad y su generosidad sin límites; su razonado anarquismo y una dignidad, una inocencia que le hacían incapaz de cualquier acto de mediocridad, de cualquier compromiso con una realidad que demasiadas veces no supo estar a su altura.

Diego Ghymers

Todo era fugaz, en él; los proyectos se sucedían y se superponían; las aventuras vitales se entrecruzaban con las experiencias musicales, a menudo fulgurantes, sin que fuera nunca posibles separar las unas de las otras. Amaba la música, pero aún más amaba la vida, la tierra, la gente. Por ello su verdadero legado está allí: en lo que ha compartido con quienes hemos tenido la suerte de disfrutar de su amistad, aún más que en los fugaces rastros de su musicalidad sin límites, a dúo con Ángela López Lara o con esa asombrosa London Sound Painting Orchestra que él mismo fundó.

La portentosa creatividad de Diego ha acompañado muchos de los momentos clave de mi vida, desde hace veinte años. Mi primer encuentro con él, con ese Rondó capriccioso tan alejado de cualquier tradición, y las clases que siguieron siguen todavía impresas en mi memoria; su Toccata BWV 913 que tanto fascinó a Katia Labèque; su eterna curiosidad hacia cualquier nuevo estímulo que llegaba de las tantas masterclasses en las que participó. Pensamos y construimos juntos la sede de Musikeon en Valencia; fue decisivo para convertir las Vexations de 2007 en la experiencia indescriptible que quedó marcada en la vida de todos aquellos que estuvieron presentes ese día; en torno al 4hands-4feet-piano que creó junto a Ángela López Lara nació la idea del ciclo Nuevas Miradas, y no habría podido imaginarme la gran aventura de 20 años, 20 pianos sin él y sin su “metrónomo humano”, hasta el punto que su oído fue el primero con el que David Ortolà y yo contrastamos el proceso en el que tomaba forma sonora el Tropos Ensemble.

Tal vez por ello hoy, en mí, prima el desconcierto. Antes aún que el dolor, el desconcierto. La sensación de un vacío extraño, que no es sólo el vacío del presente, sino el de un futuro que tendremos que imaginar sin él. No será fácil. Porque si bien es cierto que todas las personas son únicas, en Diego se notaba más, mucho más: te percatabas inmediatamente de que era una persona diferente de cualquier otra. Cualquier conversación con él, cualquier momento de música compartida te dejaba la certeza de que con nadie más habrías podido vivir eso, precisamente eso.

Hasta siempre, Diego. Cuesta demasiado creer que ya no estés aquí.


Luca Chiantore, 22 de septiembre de 2015