Escrito por Luca Chiantore (agosto 2013)

En los estudios musicales, en las últimas décadas, se han implantado novedades curriculares que han obligado a muchos profesionales de la enseñanza a familiarizarse a marchas forzadas con un nuevo vocabulario. “Programación” y “unidades didácticas”, “objetivos” y “contenidos” no eran términos con los que muchos de nosotros hayamos crecido, como no era habitual para nuestros antecesores definir por escrito una “secuenciación” o unos “criterios de evaluación” para todo aquello que nos enseñaban.

Esto no quiere decir, sin embargo, que los conceptos que se esconden tras esos vocablos no estuvieran presentes en su pedagogía. Al contrario, la enseñanza instrumental ha cultivado a menudo actitudes pedagógicas que en otros entornos parecen logros recientes y todavía de aplicación muy compleja. Especialmente claro es el concepto de “evaluación continua”, evidentemente favorecido por el hecho de tratarse de una enseñanza individual: en una clase de instrumento siempre ha habido, de una u otra forma, una evaluación continuada de los progresos del alumno, marcada a menudo incluso por esa “atención a la diversidad” que tan importante parece hoy. ¿Qué profesor no aprecia los avances paulatinos del alumno que se esfuerza y se supera día a día? ¿Y qué profesor no se esfuerza de encontrar los caminos más adecuados a las especificidades físicas y psicológicas de su alumno, ya se trate de una mano con características insólitas o alguna minusvalía? Pero cuidado: esto no quiere decir que se trate únicamente de dar un nuevo nombre a lo que se ha hecho toda la vida: tras esos vocablos hay décadas de reflexión, y su implantación puede y debe ser una ocasión para renovar y enriquecer el conjunto de la vida docente.

Con el tema de los estudios de segundo y tercer ciclo, los que siguen al grado universitario correspondiente a la licenciatura o albachelor, sucede algo parecido. También en este caso, los actuales logros de la pedagogía tienen mucho en común con algunas prácticas sólidamente implantadas en la tradición musical. El marco legal actual, que en Europa y en otras partes del mundo se está renovando justo en estos años, intenta entre otras cosas organizar a través de maestrías y doctorados una etapa de estudios que desde siempre ha sido muy importante en la vida de un músico.

Lo de que “llegar al final de la carrera” no significa acabar de estudiar no es una novedad: ha sido siempre una evidencia por todos conocida, y no sólo porque un músico no acaba nunca de seguir perfeccionándose, durante toda su vida, sino porque precisamente los años inmediatamente sucesivos a la finalización de la carrera de piano siempre han sido los más importantes para orientar todo lo aprendido hasta el momento hacia la vida artística profesional. Hace falta perfeccionar la técnica, aprender nuevo repertorio, pero sobre todo acostumbrarse a lo que realmente se acabará haciendo a lo largo del resto de nuestra vida. Pero exactamente como en el caso de los nuevos planteamientos didácticos, no estamos actualmente delante de un simple “lavado de cara” (aunque algunos intenten que así sea: por pereza o por desconocimiento), y menos todavía de una forma de dar una cobertura legal a los estudios de siempre, sino ante un reto de magnitud histórica: dar un nuevo impulso a una realidad que por otro lado está constantemente en movimiento. El mundo artístico no es el mismo hoy que hace 50 años, y el de la enseñanza aún menos. Así que los últimos años de formación, que siempre han sido decisivos, deben ser encarados con especial sensibilidad hacia el mundo real actual, el mundo musical y cultural en el cual nos estamos desenvolviendo.

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De ahí la importancia de elegir adecuadamente, allá donde sea posible, los estudios de maestría. Pero esto es aún más cierto en el caso del doctorado, especialmente si hablamos de un doctoradoen música, y no –como ha sido hasta ahora en Europa− de doctorarse en musicología, disciplina noble donde las haya, pero paralelaa la actividad compositiva e interpretativa.

Como ha mostrado brillantemente Rubén López Cano en sus recientes escritos sobre el tema (en particular en "La investigación artística en los conservatorios del espacio educativo europeo: Discusiones, modelos y propuestas", 2013), la aplicacón de la idea de "investigación" al mundo artístico es un proceso más articulado y complejo de lo que podría pensarse en un primer momento. La propia división entre investigación sobre la práctica artística, investigación para la práctica artística e investigación a través de la práctica artística supone un auténtico reto para quien procede de una formación musical tradicional (y a este respecto son especialmente agudas las reflexiones de Rubén López Cano al respecto en el artículo que acabo de citar, cuya lectura aconsejo a todos los interesados en el tema). El caso es que la investigación es, por definición, una búsqueda de lo desconocido: de nuevas prácticas, nuevos conceptos, nuevas herramientas. 

Si hablamos de ser intérpretes, de ser creadores de música, entonces un doctorado en música debe ser un mundo distinto de cualquier otro: distinto de otros doctorados, y distinto también de lo que han sido nuestros estudios hasta ese momento. Un mundo fascinante y electrizante, donde construir la música del futuro. Nada menos.

 

N.B. Este post forma parte de una serie de textos escritos en agosto de 2013 con ocasión del convenio que Musikeon ha suscrito con la Universidad de Aveiro. A continuación, están los enlaces correspondientes a toda la serie y la página dedicada a dicho doctorado en la página web de Musikeon:

 

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