Escrito por Luca Chiantore (agosto 2013)

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Último año de la carrera de piano. Últimos meses de la carrera de piano. Últimas semanas de la carrera de piano. Acabas el proyecto fin de carrera. Realizas un concierto fin de carrera, te entregan tus notas, pagas tus tasas, tienes oficialmente un título. Has acabado tus estudios: fin de la carrera de piano.

¿¡Fin!?... ¡No! Eso era antes (y tampoco, porque casi todo el mundo seguía estudiando). Ahora, desde luego, aquél no es ningún “final”. Si quieres dedicarte profesionalmente a la música, tienes mucho camino por recorrer. Y los marcos legislativos, desde hace un tiempo, nos lo recuerdan, organizando oficialmente los estudios de posgrado según la estructura universitaria repartida en los niveles de master y doctorado.

Es aquí cuando descubres que lo que hasta entonces era un camino, se presenta ahora como un entramado de vías diversas. Nos rodean programas formativos de toda índole, cuyos títulos no siempre consiguen dar una idea precisa de los contenidos, y que intentan adaptarse a estructuras curriculares raras veces pensadas en función de las necesidades de los músicos.

El caso español es, en este sentido, muy claro. Pero pone de manifiesto un problema sistémico en los estudios musicales a nivel internacional. Al ser España uno de los pocos países europeos que han optado por repartir en cuatro años (240 ECTS) los estudios de 1r ciclo (Grado, Licenciatura o Estudios Superiores: no importa aquí su denominación), la extensión habitual de un estudio de 2º ciclo (Master, o “Maestría”, según la denominación latinoamericana) queda reducida a un solo año (60 ECTS). Esta corta duración quizás sea adecuada para otras carreras (cosa de que, de todos modos, nos permitimos dudar), pero desde luego no cumple con las necesidades formativas del músico.

Nos guste o no, la formación que en Europa se adquiere tradicionalmente en los conservatorios o en instituciones equivalentes no está pensada como una “especialización profesional”, sino como un conjunto de conocimientos lo suficientemente sólidos como para abarcar destinos laborales y artísticos muy distintos entre sí. Y es bueno que así sea, porque esos destinos son efectivamente diferenciados: sólo una pequeña parte de los músicos que reciben en un conservatorio una formación muy centrada en la formación instrumental acaba luego por vivir de tocar en público ese mismo repertorio, y si se dedican a la enseñanza es probable que lo hagan dando clase a alumnos de edades, expectativas y necesidades muy distintas de las de un conservatorio de nivel superior.

Todo esto es especialmente cierto en el caso de los pianistas: con la carrera de piano podemos acabar trabajando como colaboradores de cantantes, como acompañantes de danza, como especialistas en música contemporánea, o en interpretación con teclados históricos, o en iniciación musical y en otras tantas ramas de la educación musical, pero éstos y tantos otros caminos profesionales necesitan de una formación específica, que la carrera oficial no suele proporcionar.

Para ello deberían estar los masters, los programas de maestría posteriores a la licenciatura. Pero la realidad es que sólo una mínima parte de ellos (y no sólo en el mundo hispanohablante, sino en el mundo entero) están diseñados con el fin de ofrecer una formación instrumental y profesional específica, orientada al desarrollo de una actividad concreta en el marco del mundo artístico. E incluso cuando algunos de ellos lo intentan, los famosos 60 créditos ECTS se convierten en una limitación difícil de sortear, porque en un año se puede hacer poco, si de lo que se trata es de aportar una formación orgánica en una rama en que no se tiene una experiencia profesional específica.

A este aspecto, ya de por sí muy importante, se agrega un segundo problema, que en realidad siempre ha estado allí aunque casi nadie lo quisiera ver, y que la vinculación con el mundo universitario ha puesto ahora sobre la mesa. Los estudios de segundo ciclo (masters y posgrados diversos) tienen en realidad dos orientaciones, una profesionalizadora (y allí debería ser claro el camino profesional, la idea de una especialización) y otra investigadora (orientada, por tanto, al doctorado, y en la que la investigación debe a ese punto estar directamente focalizada a la creación de aquel “nuevo conocimiento” del que ya hablamos ayer).

Ahora bien: si el máster investigador da acceso a un doctorado, ¿a qué doctorado? ¿A un doctorado en musicología? Si no hemos realizado estudios de musicología, ésta es una posibilidad realmente aventurada. Y si pensamos en un doctorado en música, es decir un doctorado en composición o en interpretación musical, allí sí que nos encontramos ante una realidad desconcertante. En España, pero también en muchos otros países. ¿Os habéis encontrado en esta situación? Si la respuesta es sí, entonces es muy probable que sepáis perfectamente de qué hablo. Seguiré haciéndolo en los próximos días. Mañana, más.

 

N.B. Este post forma parte de una serie de textos escritos en agosto de 2013 con ocasión del convenio que Musikeon ha suscrito con la Universidad de Aveiro. A continuación, están los enlaces correspondientes a toda la serie y la página dedicada a dicho doctorado en la página web de Musikeon:

 

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