Escrito por Luca Chiantore (agosto 2013)

El doctorado es el máximo nivel de los estudios universitarios. Y es también el espacio que, en cierta medida, da sentido a la existencia de la propia universidad. Porque la universidad no existe únicamente para transmitir el conocimiento actual a las jóvenes generaciones (una tarea muy noble, por otra parte, que desde la edad infantil llega hasta los propios estudios de licenciatura) ni para prepararse adecuadamente al desarrollo de una actividad laboral que necesite de esa formación superior (para lo cual existen másters específicos), sino para impulsar la investigación y alcanzar con ella nuevo conocimiento.

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La tesis doctoral es la pieza clave de ese edificio, porque su propia existencia se basa en la búsqueda de nuevos caminos, nuevas respuestas, nuevas soluciones a problemas antiguos o de nuevo cuño. En cualquier caso, se trata de pisar por donde nadie ha pisado antes.

Esa, por lo menos, es la idea. Luego, como siempre, está la realidad, a veces muy distante de cualquier mundo ideal. Pero en el marco de esa idea –una idea que no es otra sino la de un trabajo colectivo en el que cada uno busca algo nuevo y entre todos se progresa, generación tras generación− la humanidad ha conseguido logros extraordinarios.

¿Y la música, se dirá, qué pinta en todo esto? Pinta, y mucho. Ahora más que nunca: ahora que tanto se habla de la relación entre los conservatorios y la universidad (en España, en particular, pero no sólo allí) y ahora que en toda Europa el nuevo marco de Educación Superior ha impulsado los distintos países a legislar para dar cobertura a los estudios que se extienden más allá del tradicional “Título superior” o el “Diploma”, que en el mejor de los casos coincidirían con una licenciatura.

Pero una cosa es crear un marco legislativo y curricular, y otra bien distinta es el día a día del músico que quiere perfeccionarse para moverse con éxito en el mundo artístico, ¿verdad? Todos lo sabemos, y por otra parte es cierto que esos marcos legales tienen su lógica, y a menudo condicionan (positiva o negativamente) generaciones enteras de músicos.

Así que nos conviene entenderlos bien, y aprovecharlos de la mejor manera posible. Y aún más cuando en su propio diseño están explícitamente mencionados conceptos tan fascinantes como “conocimiento”, “investigación” y “creación”. Conceptos que deberían casar de un modo muy natural con el mundo artístico, pero que precisamente en el caso de la interpretación clásica representan un reto más complejo de lo que habitualmente se piensa.

De esto, precisamente, hablaré en estos próximos posts. Van a ser uno por día, así que… ¡hasta mañana!

 

N.B. Este post forma parte de una serie de textos escritos en agosto de 2013 con ocasión del convenio que Musikeon ha suscrito con la Universidad de Aveiro. A continuación, están los enlaces correspondientes a toda la serie y la página dedicada a dicho doctorado en la página web de Musikeon:

 

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